



Este es mi último escrito; con el paso de los años he venido a caer en cuenta de que todo lo que ha pasado por mis manos debió haberse quedado en el sello de mis labios; ¿Cómo esa corriente conecta dos cosas tan alejadas una de la otra? He visto la degradación: soy la degradación. He intentado mantenerme al margen de los latidos de la carne y concentrarme en el espíritu; he fracasado en ambas. Pero la pregunta es: ¿Por qué Dios me ha escogido para esto? Mi vida no ha despertado a nadie, y tampoco creo que los haya alejado de la creencia en Él; entonces, ¿Por qué yo? Puede que se me haya destinado a padecer y comentar sobre mis aflicciones.
Y la respuesta a todo lo anterior no me haría sentido, de todos modos. Pero, ¿obtendré recompensa? Y, ¿si esa recompensa no me sacia? Si nunca experimentaré allá lo que no pude aquí, ¿me hace eso incompleto? Sé que me hace débil y triste, y eso es motivo suficiente para cubrirme con mis sabanas y cerrar las cortinas.
Las cosas nunca han sido lo que parecen, estoy tan cansado de que la esperanza me pegue tan fuerte. Quiero ya algo definitivo, o si no la muerte; no me mantengas en el limbo, y tampoco me destierres a las tinieblas. Te he amado, mi señor y se me ha dado poco; otros ni creen en tu misión y pregonan es por sus personalísimas, ¿y por qué ellos gozan de intimidad y afecto? Son queridos, mañana mismo les pondrían en las posiciones más envidiables. Y, mañana mismo, estarían en algún trono celestial.
Tú me llamas bufón, y esperas que baile y enloquezca a la corte; y yo te hago caso, y hago muecas en espera de que rías y reboces de felicidad, expulsando con el buen llorar todo el malestar; y apenas termino ni un pan en mi plato, y mi única bebida, para pasar el mal rato, es mi saliva. Y te busco y me das la espalda, ya ni siquiera soy de uso. ¿Qué hago cuando ya nadie quiere carcajear? Ya no quiero ser una broma, quiero ver bromas y ser cómplice tuyo en esos momentos de gran dicha.
Pero no, y me pregunto si en verdad eres un rey justo. Y me tomo el cuello con fuerza cuando el pensamiento desciende a la lengua. ¿no crees que también merezco un poco de lo que a los demás se les da? Aun así, si a tus ojos es por compasión y ya. Probablemente sea el primero en morir y el último en resucitar, o el primero cuyas encías sangran; el primero en tiritar de frío, el primero en buscar consuelo y el eterno ejemplo de lo que no se debe ser.
Está lloviendo, y la gente aprecia más lo que puede cambiar o no atenta a suscitar un cambio en su interior. Allá afuera hay gente cortándose y bebiendo de una botella adulterada; o comiendo de sus propios intestinos. Este mundo nació abortado, muerto, sin ganas de vivir y con pocas de mantenerse respirando. ¿Por qué siento como si mi cerebro se hiciera un muro y ese muro se comenzara a derretir como mantequilla? Quiero terminar una idea, sin embargo, no tengo; y, si tengo, está muy enrevesada con otras.
Pero la mente es así y, como ferviente agnóstico que intento ser, prefiero no hacerme preguntas dolorosas sobre mi condición y centrarme en el medianamente buen estatus del que gozo. Si no logro manipular a la gente, si no logro convencerla, pronto estaré lamentándome de mi propia llegada a este mundo y de mis padres, previo a mi llegada, dándole aval a eso sin saberlo.
Es el mismo sentimiento a cuando uno jura y perjura no volver a tomar una bocanada de aire, ello con el fin de la muerte, y la acción se ve frustrada al cabo de pocos segundos. Y es por eso por lo que las ideas se deben proteger, pues es lo único que perdura después de la fallida acción. Todo esto, supongo, es como forzarse a vomitar; solo que algunos lo hacen para seguir disfrutando del banquete y yo para, manualmente, ampliar el espacio de mi estómago.
Podría seguir aprendiendo, perder la cohesión y ganar en la aptitud confirmativa de la aprehensión; claramente lo lograría…Y el descubrimiento sería la vida, al punto de que la palabra “descubrimiento” cambiaría de acepción. Pero mi cuerpo es débil, y no es el pilar de una mente sana, sino del efecto secundario de un cóctel de Zoloft, grasa de choripán y Coca-Cola. Lo cual, francamente, es equiparable al ácido, pero no al lisérgico, sino al del reflujo.
Si pudiera haber nacido antes, habría nacido en la era en que no se conocía que era una era. Habría nacido en la era en que la gente no se preguntaba por amebas come-cerebros antes de saltar de un risco hacia uno de los Grandes Lagos. En la era en que dioses nacían con mirar arriba y demonios con mirar abajo. Una era en donde todo estaba por definirse y no por sufrirse.
Este texto es como el vómito, sirve mucho para saber que causó el malestar, pero no el porqué del malestar. El vómito es como un collage. Un popurrí, un cd que te regala tu madre para la fiesta infantil y que, curiosamente, habla mucho de pintarse el cabello y vestirse de reina y casi nada de imitar a gorilas o negarse a inyecciones en la cola. El vómito también es una vara de medir, así como un freno. En cuanto a lo primero, tómese el siguiente ejemplo (en dos sencillos actos): I) Germán sale de fiesta y, pasadas las horas, II) Germán vomita. ¿Hay un intervalo, ¿no? ¿Qué habrá sucedido ahí? No sabemos, y probablemente nunca sabremos, pero introduciré un elemento, el cual nunca se confirmará, pero que nos permite teorizar: Germán tomó de más. A partir de ahí podremos deducir si Germán salió entusiasmado o enojado de la clase, o si sus padres se preocupan de más o de menos, etcétera. Y en cuanto a lo segundo, y dependiendo de las respuestas de lo primero, si Germán debiese, o no, seguir bebiendo.
No sé, y eso es lo que me entusiasma, lo que me permite vivir más allá de mis límites, la sustancia que expande mi consciencia y no me eleva del suelo.
EHay algo en tus ojos verdes y en tu cara de fuente de la eterna juventud y también hay algo en que yo prometa y pocas veces cumpla. Te vi e inmediatamente me sentí indigno de seguir percibiendo el cielo sin merecerlo. ¿Cuántas cosas habrán pasado por mi cabeza, con camino hacia mis manos, en ese momento?
Juré ser decidido y me devolví agradecido de no haberme humillado en demasía; mientras te devolvías al Parnaso yo me convertía en piedra y a ti te alababan las mismas musas a las que Apolo les parecía poco. Me entregué al desenfreno en compañía, pero sin amor que lo trastocara en algarabía y el ron me quemaba la tráquea y el esófago.
Bajo la lluvia y posicionado al frente de los puñales me cuestioné si esa forma en que tu corona se arma a sí misma era el llamado a aprehender la cornucopia o a morir siendo el primero que lo hace sin previamente haberse preguntando, o vivido, que se sentía el danzar de las almas. Las risas me ahogaron y mi boca no tenía lengua ni dientes con los cuales avasallar la intromisión.
Algunos nacimos para cronistas y otros para que libros se dediquen a sus hazañas. ¿Por qué los demás y yo no? La pregunta se desvaneció, como búho al sentir el primer rayo de sol, cuando amarilla descendiste del sacrosanto. Saltando sobre charcos me salpicaste y de mi cabello hiciste olas y de mi piel circunvoluciones de granito.
Todo tesoro tiene guardián y también pirata que tienta al aparente destino de latigazos y muerte; extendiste tu cuerda y con fuerza me elevaste sobre el socavón y en ese instante interpelé ante el destino por el permitírseme vadear al castigo y seguir inhalando de esa vida que se escapa de tus fanales de vez en cuando.
Me esperaste y yo que ya había suavemente depositado mi cabeza en la hierba y adoptado una posición corporal para que la gente pensara que estaba naciendo y no muriendo: descansando y no despidiéndome. Saboreé lo dulce de lo subterráneo en lo vitriólico que era tu tímido callar y el cantito de los pájaros me hizo saber que estaba en un cándido lugar.
En frecuentes ocasiones, viendo la niebla depositarse como extremaunción en el irregular tope de la montaña más alta de la sierra, me increpo con la dolorosa cuestión de si he vivido más de lo que se me designó en un inmemorial principio. Y hoy sé que no, por mojarte cuando traías abrigo, por demorarte cuando tenías prisa y por rescatar a un perdido cuyos más grandes esfuerzos constituían en convencerse que el estar a la deriva era equivalente a atracar en buen puerto.
Más allá rugen imberbes ángeles nonatos, auscultan noveles novatos. Y yo solicité ser carne y arriesgarme a sangrar por oír tu risa desplazar el inclemente estruendo que ha barrido casas y ha forzado al hombre a olvidar que solía ser el mismo barro que todas las mañanas pisa con rabia.
Te amo y lo recordaré, siempre, al sentir que vivo.
Bogotá, 26 de agosto de 2024.
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