Una tarde, casi noche, de un viernes cualquiera, caminaba a la estación después de un día como tantos, excepto porque me había perforado las orejas y tú me acompañaste. Te dije algo, y eso te recordó a otra cosa; entonces sacaste un cuaderno y, de él, un par de páginas arrancadas de una revista con un artículo sobre mi cantante favorita. Después seguimos el camino. Te conté algo de mi diario que ya no recuerdo. Poco después llegaste a tu casa, y yo me quedé esperando un poco más para llegar a la mía.